Entre el diseño y la ciencia ficción

Si alguien nos hubiera dicho que el 2020 iba a traernos una pandemia a nivel mundial, podríamos retener del supuesto gurú y podríamos continuar con nuestras vidas. De haberlo sabido no hubiésemos anticipado nada, porque se nos da muy bien negar lo que altera nuestra vida cotidiana. Pero el Covid-19 llegó, aquí sigue y evolucionó día a día, evolucionamos día a día en su aprendizaje, por más que algunos quieran aferrarse a la inmovilidad, o la palabra única sin posibilidad de error o de transformación, como si todo hubiera sido previsible, estático o inamovible. Nuestra interacción con el virus cambia y nuestras vidas han de aprender a girar con esto hasta que tengamos una vacuna que nos permita volver a la vida, más o menos, que tengamos antes de todo esto.Y en mitad de todo, las ideas, los inventos, los diseños, las aplicaciones crecen día a día; desde diseños o inventos que pueden parecer ridículos o casi de ciencia ficción a otros más palpables y que podríamos ver perfectamente en nuestras vidas.


En este post no pretendo otra cosa que recopilar algunas de esas ideas o inventos, guardarlas en este pequeño archivo para consultar en un futuro y ver que ha sido real, que se ha quedado en una idea y qué sigue siendo ciencia ficción.


Archivo visual



El pequeño zorro

La encontré tejiendo, con un ovillo de lana rodando por el frío suelo de gres marmóreo. Era rojo, como la sangre densa o el vino añejo de la barrica de mi abuelo, imbebible, como también la sangre, y lleno de recuerdos dulces a uva demasiado madura. El ovillo rodaba con cada vuelta de punto rojo sobre fondo blanco; igual que el zorro de cola ahuecada que acababa de ver tras el cristal de la cocina, en la hora azul. Nevaba fuera, capté su mirada un instante, no me pidió permiso para entrar en el pequeño jardín, ni tampoco era yo quien para dárselo. Su familia vivía en esas tierras antes que la mía, decían sus andares, y aunque no fuese cierto, esa tierra le pertenecía. Parpadeé, sus huellas firmes sobre el manto blanco, las retuve durante otro parpadeo, hasta que la nieve las cubriese y solo él y yo supiésemos de su existencia, hasta que el ovillo se desvaneciese convertido en materia. La prenda roja, para el zorro rojo, en el valle de Alerce rojo. 


A 3 de enero desde Alerce Rojo 



Olía a invierno


Eran hebras de lana, cuerdas de amarre en jirones de tiempo que recordaba. A cabellos de pincel con que figuraba las tardes de invierno tras aquella ventana del valle. Alerce Rojo se teñía de blancos, de grises postales mientras la yaya mantenía el rojo con las briznas del tronco ardiente en la chimenea; claramente olía a invierno, olía a Alerce.


Notas desde el valle del Alerce Rojo. 

Solsticio de invierno.

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