El pequeño zorro

La encontré tejiendo, con un ovillo de lana rodando por el frío suelo de gres marmóreo. Era rojo, como la sangre densa o el vino añejo de la barrica de mi abuelo, imbebible, como también la sangre, y lleno de recuerdos dulces a uva demasiado madura. El ovillo rodaba con cada vuelta de punto rojo sobre fondo blanco; igual que el zorro de cola ahuecada que acababa de ver tras el cristal de la cocina, en la hora azul. Nevaba fuera, capté su mirada un instante, no me pidió permiso para entrar en el pequeño jardín, ni tampoco era yo quien para dárselo. Su familia vivía en esas tierras antes que la mía, decían sus andares, y aunque no fuese cierto, esa tierra le pertenecía. Parpadeé, sus huellas firmes sobre el manto blanco, las retuve durante otro parpadeo, hasta que la nieve las cubriese y solo él y yo supiésemos de su existencia, hasta que el ovillo se desvaneciese convertido en materia. La prenda roja, para el zorro rojo, en el valle de Alerce rojo. 


A 3 de enero desde Alerce Rojo 



Olía a invierno


Eran hebras de lana, cuerdas de amarre en jirones de tiempo que recordaba. A cabellos de pincel con que figuraba las tardes de invierno tras aquella ventana del valle. Alerce Rojo se teñía de blancos, de grises postales mientras la yaya mantenía el rojo con las briznas del tronco ardiente en la chimenea; claramente olía a invierno, olía a Alerce.


Notas desde el valle del Alerce Rojo. 

Solsticio de invierno.

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